Leonor Benito Beas (Arganda del Rey, 1916-2004)

Entrevista realizada en mayo de 2002

 

Durante mi infancia, vivíamos en una finca. Allí no había colegio, así que no pude ir. En cuanto pude me puse a trabajar, con nueve años, en el campo. También he servido en casas. No me gustaba que me mandasen las señoras ni las señoritas. A los once años, me puse a trabajar con los mayores en la remolacha, a sembrar, a regar, a cortar, a cuartear...

 

A mi padre casi no lo he conocido. A los ocho años ya no tenía padre. Murió al año siguiente de que tiraran el cristal en el ojo. Así que él no ha podido inculcarme nada. Y mi madre, la pobre, pues igual. Bastante tenía con cuidar de seis hijos. Coser, lavar, hacerles las cosas, todo. Las dos mayores, estaban ya casadas cuando me paso lo del ojo. No teníamos donde caernos muertos. Gracias a las patatas que rebuscábamos comíamos.   

 

 Vivíamos en unas cuevas. Mal vestidos y mal comidos pero mira, si tenías alpargatas, no tenías una bata que ponerte. No podía ser. Mi padre ganaba cuando se murió, no se si eran dos o nueve pesetas. Cuando vino la República puso las ocho horas, y pusieron de sueldo un duro. Fíjate para lo que nos podía dar, y el pobre por desgracia se murió muy pronto, muy joven.

El movimiento feminista no llegué a vivirlo. Las mujeres no votábamos entonces. En las últimas elecciones que hubo, estaba yo sirviendo en una casa (donde los Aguilares), y una tía, me dio una cesta de patatas y una botella de aceite para cada vecino de las casas viejas de la estación, para que le votáramos a la derecha. Yo me los llevaba y los repartía. 
Un día vino mi hermano y le dijo: “si me regala una casa les voto”, le contesto:  “¡¡uy, una casa!!” y mi hermano le dijo: “pues no cuente usted con nadie, que no la va a votar nadie”. Yo me tuve que ir, me despedí y me fui. 
En las últimas elecciones, las del 35 no votaban las mujeres. Yo he votado ahora, con la democracia. Yo entonces era muy joven, pero yo me acuerdo que no votábamos porque tampoco mis vecinas votaron. Yo con 20 años estaba ya en el frente, cuando empezó la guerra. 

En nuestro batallón, las mujeres al principio en Somosierra no estábamos nada más   que para lavar, coser, quitar los piojos y hacer guardias en el pueblo. Los hombres, tanto los nuestros como los moros, bajaban al valle a coger las vacas y los cochinos para comer algo. Allí se mataban a tiro limpio. 

Luego ya nos cambiaron al Frente de Madrid. Allí estuvimos en toda la batalla, Carabanchel, Fuenlabrada, Móstoles, Alcorcón, todos esos pueblos me los he recorrido yo corriendo. Entrábamos en un pueblo y al día siguiente lo dejábamos, ya nos echaban los fascistas.                                                                                                                               

Me enseñaron a disparar mis compañeros. Matar, no sé si he matado porque no lo veíamos, ¡como para entretenerte!


 

Una noche, antes de irnos de un pueblo, sí que tuvimos una batalla campal. Venían las fuerzas de Franco, los teníamos encima, nosotros en las trincheras y ellos al otro lado, a dos pasos. Había muchísima caballería mora. Entonces conocí yo los tanques rusos. Venían a ayudarnos. Entramos en combate y desde allí nos llevaron al Puente de los Franceses.   

 

La vida en las trincheras era muy dura. Dormíamos en el suelo, en un saco, como podíamos. Dormíamos todos juntos, pero nunca paso nada, nunca se metió nadie con otro, tampoco conmigo. En alguna casa que nos metimos dormíamos en pajares, todos juntos. Éramos todos del pueblo y nos conocíamos y nos respetábamos muchísimo. Allí conocí yo a muchísima gente de Murcia, de Extremadura, de Andalucía, he conocido a gente de todas partes. Yo les hacía bocadillos con lo que traían. A mí me querían muchísimo. Lo que siento es que nunca he sabido que ha sido de ellos. Había muy buen ambiente.

 Un día estábamos en la cocina del cuartel, y uno me dijo: “venga, coge ahora mismo el camión y vete para Madrid que los tenemos aquí”. Yo me bajé hasta Carabanchel Bajo y volví a buscarlos. Desde allí nos llevaron al Puente de los Franceses. Ellos estaban al otro lado del puente y nosotros a este lado. Me hirieron. Vino una bala explosiva, rompió la puerta, me dio en la pierna, y ya me tuve que ir. Me estuvieron curando, y entonces me dijo mi marido: “sabes que te digo, que no vas a ninguna parte, que nos vamos a casar”. Nos casamos, en el 37, durante la guerra, fue una boda civil. Arganda ha sido muy bombardeada. Yo oía los bombardeos. Venían todos los días "las Babas", que era como llamábamos a los bombarderos alemanes. Cayeron bombas en La Cuesta de la Peña, en el Lavadero cerca del Ayuntamiento, (ahí mato a una mujer que estaba lavando). En la calle Carretas, en el Castillo, cayeron en muchos sitios. De noche y de día. En el cerro de la Horca, había una batería antiaérea, pero no les hacía mucho daño a "las Babas". Había también mucha gente de las Brigadas Internacionales. Hicieron buenas migas con todos los del pueblo. No se metían con nadie, eran gente muy buena. Hay muchos que están enterrados en el cementerio y en el mismo campo de batalla, en la zona del valle. Eran gente muy joven. Después de la Guerra, para sobrevivir, yo me dediqué a buscar alambres, casquillos, he buscado de todo. Donde estaban las trincheras, por el monte Pajares, íbamos a buscar casquillos con una azadilla para venderlos. La alambrada la liábamos con un palo, nos poníamos un saco doblado a la espalda, y nos lo llevábamos andando a Morata para venderlo. En Morata comprábamos medio kilo de naranjas picadas, y con eso ya habíamos comido para todo el día. Con cáscara y todo nos las comíamos. Igual que las patatas y la remolacha asada. Carne ninguna.

 Entrevista Periódico Municipal "30 Días Arganda" - 13/05/2001 - (630 Kb)